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El miedo y el barbijo como factores de dominación

A esta altura de la situación podríamos preguntarnos ¿qué sigue ahora? Nadie lo sabe, nadie puede aventurar un pronóstico, sencillamente porque como en la guerra, en esta pandemia la Verdad ha sido también la primera víctima.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- La implantación del uso obligatorio del barbijo y el aislamiento social están provocando más muertes y daños psicológicos que la pandemia misma. Y lo peor aún no ha llegado porque estas dos estrategias están provocando lenta e insensiblemente cambios estructurales que no se advierten y que pueden llegar a ser irreversibles.

Sabido es que la repetición de un acto durante un tiempo provoca un hábito, así el barbijo ya se ha convertido en parte del ajuar personal junto a las llaves, la billetera y el celular. Los amigos ya no se abrazan y los parientes se distancian. La reunión familiar va siendo una foto del recuerdo. ¿Se podrán restablecer tantos lazos afectivos dañados? Y la otra pregunta ¿Cuándo?

El barbijo cubre lo más importante de una persona en las relaciones sociales: su gestualidad. La sonrisa como gesto amigable ha desaparecido, por ejemplo. ¿Cómo saber qué está pensando el otro cuando la impresión gestual no se ve? Difícil se hace distinguir en una foto quién es quién. Los simios tienen ahora mayores muestras de empatía que los seres humanos.

Ante la ausencia de certezas en este tiempo el miedo se convierte en una inmejorable herramienta del poder

En medio, el miedo que acompaña al ser humano desde su nacimiento y es un componente vital para su defensa ahora se utiliza para dominarlo. El miedo en la sociedad ha crecido en correspondencia con el abandono de la fe y la creencia en Dios, no importa cómo se lo conciba.

Ante la ausencia de certezas en este tiempo el miedo se convierte en una inmejorable herramienta del poder. El miedo corrompe, destruye a la sociedad, a la familia y finalmente al sujeto mismo reduciéndolo en su entidad como ser humano libre. Porque el miedo es la mejor cárcel de todas, no precisa de edificios ni de presupuestos. El hombre termina siendo prisionero de sí mismo y cayendo en una suerte de “Síndrome de Estocolmo” del Estado que lo “alimenta” y lo “mantiene vivo”. Es el triunfo del asistencialismo a destajo y la eliminación de estructuras sociales como el sindicalismo,  las ONGs o las iglesias, por ejemplo.

Es prácticamente imposible saber cómo será el mundo de la pospandemia, pero una cosa es cierta e ineludible: que la dirigencia política debe cambiar de actitud y pasar de la burocracia sedentaria a un pensar la instrumentación de una nueva forma de gestionar la política, porque en lugares como Argentina o Salta en particular, quizás los muertos no sean tantos, pero el saldo social será exponencialmente letal.

Pensar, reformar y actuar con rapidez, anticipando tiempos, proveyendo soluciones, planificando el nuevo tejido y fundamentalmente, generando una nueva educación para preparar ciudadanos para un nuevo estatus universal.

El gobernante, el ministro, el empresario… el ciudadano que no se dé cuenta de la necesidad de esto último, tendrá sólo dos caminos: convertirse en el esclavo del Nuevo Orden o contarse en la fría estadística de las víctimas de la pandemia.-

 

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