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Día del Locutor: Juan Vicente Mentesana, anécdotas de un salteño en la presidencia de la Nación

Fue el locutor oficial de la Presidencia durante cuarenta años. Era la memoria de la historia reciente del país detrás de la cortina

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- En el Día del Locutor quise hacer memoria de Juan Vicente Mentesana con quien compartí muchos y agradables momentos en su tiempo del retiro en Salta. Solía tomar café puntualmente, todas las mañana en una confitería de España y Buenos Aires a las 11. Llegaba lento, afirmado en su bastón y se sentaba solitario «A ver pasar a los nuevos salteños», decía, porque había dejado esta tierra en los tiempos en que Juan Domingo Perón promediaba su presidencia.

Se fue de Salta buscando nuevos horizontes y pasó una noche de llovizna y frío a la intemperie en la puerta del Teatro Colón para participar de la audición para ingresar como locutor a Radio El Mundo, por aquellos años una estrella de la comunicación. Y obtuvo el puesto.

Más tarde, por sus condiciones concursó y ganó el puesto de locutor oficial de la Presidencia y allí comenzó su historia acompañando a la historia de los argentinos.

Con su verbo potente y esa voz inconfundible relata jugosas anécdotas, como la vez que le tocó conducir la entrega de los Premios Santa Clara de Asís, en un auditorio repleto de sacerdotes y monjas. Al momento de ingresar el presidente Arturo Illia, Mentesana dijo: «Recibimos al señor presidente de la Nación con un aplauso para inaugurar este acto donde entregaremos premios a los ganadores de las mejores comunicaciones sexuales». Debió decir sociales. «Estaba muy nervioso», decía.

Tres días antes del Golpe de Estado de 1976, mientras iba a su trabajo en Radio El Mundo, en las cercanías del Obelisco fue interceptado por dos vehículos. De uno de ellos bajó un hombre de civil que dice se identificó como Teniente y le dijo que los acompañara.

Siempre al decir del relato de Mentesana, lo introdujeron por la parte de atrás a la Casa Rosada y lo encerraron en una habitación donde sólo había un sofá. Momentos después, ingresó otro militar que le alcanzó un «dossier» con papeles y le dijo: «¡Vaya estudiando todo esto!» y se fue.

Allí estuvo los días 22 y 23 de marzo de aquel año, sólo saliendo al baño y recibiendo comida de un soldado que se la acercaba. Relataba Vicente que en dos oportunidades falló el Golpe porque Isabel Perón tenía una doble y en un momento los militares no estaban seguros si era ella la que subía al helicóptero. El segundo fracaso fue cuando la tripulación del helicóptero se negó a plegarse al Golpe, hasta que por fin sucedió aquella madrugada del 24 de Marzo de 1976.

Fue la voz que inauguró el Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 y por su cercanía con el presidente Jorge Rafael Videla, una televisora extranjera le ofreció una importante cantidad de dinero para que dejara colocar una cámara cerca de su sitio de locución, negándose a recibir el pago.

Cuando visitó la Argentina el Papa Juan Pablo II y se realizó la misa delante de la Basílica de Luján, el sitial del locutor estaba aproximadamente un metro debajo del palco principal desde donde celebraría el pontífice. Contaba Mentesana que en determinado momento siente que le tocan el hombro y al darse vuelta era el propio Papa que agachándose en y voz baja le decía: «Figlio, voglio pishare». «Tenía las necesidades de cualquier hombre», decía riendo.

Fue parte integrante de la comitiva de sesenta personalidades que viajaron en un Hércules C-130 a Malvinas, entre las iba el Doctor René Favaloro y otros intelectuales y personajes destacados. Un facsímil de una hoja que les hiciera firmar a cada uno es el único recuerdo que tengo de Juan Vicente.

Cuando asumió el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín, fue exonerado de su cargo y según contaba, el presidente radical le dijo que lo despedía de su puesto porque «su voz está muy identificada con el Proceso». Así terminó la carrera de Mentesana en la presidencia.

Hizo a lo largo de los años otros emprendimientos, como producir aquel famoso programa televisivo «Buenas Tardes, Mucho Gusto», amigo del recordado «Negro» Guillermo Brizuela Méndez, pusieron en sociedad una parrillada salteña en Buenos Aires donde gastaban sus noches todos los personajes de la cultura, el folclore y la farándula nacional.

Jamás quiso que le grabara sus anécdotas. Insistí muchas veces en que me dejara atesorar sus vivencias, que como le decía «son parte de la historia contemporánea de la Argentina, relatos que nadie conoce». Nunca quiso, explicaba que «hay cosas que por honor jamás contaré, otras a nadie le van a interesar».

Así pasaba sus mañanas, a veces, junto a su gran amigo, Juan Carlos Saravia, desgranando anécdotas. En ocasiones compartíamos un whisky en los atardeceres en su último piso del edificio frente al Colegio Nacional, mirando la ciudad. Allí, en esa cima de ladrillos falleció una noche, en soledad.

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