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¡Adelante Radicales!: ¿Qué significó la “Revolución del Parque”?

Se conmemoran 130 del movimiento de la insurrección cívico-militar producida en la Argentina el 26 de julio de 1890 dirigida por la recién formada Unión Cívica.

ARGENTINA.  Se acaban de conmemorar 130 años del movimiento que produjo un quiebre en la manera de concebir a la política de la Argentina de aquellos años.

Promediaba la década de 1880 y la República Argentina prometía ser uno de los países protagonistas del nuevo siglo: progreso económico gracias a la exportación de productos agroganaderos, el avance de la red ferroviaria, remodelación del Puerto y un tema significativo para la época, la sanción de la Ley de Educación 1420. El desarrollo parecía irrefrenable.

Comenzaba el país a formar su burocracia política, incipiente, pero ya la tenía aunque manejada por una oligarquía que buscaba utilizar el poder sólo para ganar mayores beneficios socio-económicos para su sector.

Derechos civiles para todos, pero derechos políticos para pocos

Era aquella la “República posible”, la que había diseñado Juan Bautista Alberdi, que hacia 1889 como consecuencia de una sucesión de errores acumulados en materia financiera económica y un generalizado descontento por el exclusivismo político, estalló una gran crisis.

En horas se deshacían fortunas y riquezas, el país sin crédito exterior llegó al extremo de la emisión clandestina de papel moneda, denunciada por el senador opositor Aristóbulo del Valle.

La debacle económica desnudaba la profunda crisis político-institucional y moral. El gobierno elitista confundía el bienestar general al que convoca el Preámbulo de la Constitución con sus propios intereses. La libertad electoral no existía; los gobernantes provinciales y el Congreso estaban reducidos a meros agentes del presidente; los cargos judiciales se repartieron entre partidarios y la estructura administrativa se basaba en el favoritismo.

Se había configurado el «Unicato» alrededor del Presidente de la República Miguel Juárez Celman y su círculo de partidarios llamados «Los incondicionales». Los reclamos de modificación del sistema político y la vigencia efectiva de las prescripciones constitucionales encontraron cauce en una convocatoria juvenil que dio nacimiento a la Unión Cívica de la Juventud el 1º de septiembre de 1889 en el «meeting» del Jardín Florida.

Las crónicas de la época describen un acto multitudinario. Allí luego de casi un decenio de ostracismo reapareció un gran tribuno que concitó la adhesión popular: Leandro N. Alem. En abril de 1890 ese conglomerado opositor prescinde del aditamento «de la Juventud» y se constituye en la Unión Cívica, primer esbozo de partido político orgánico con clubes o comités en todos los barrios de la ciudad y en las principales ciudades del país.

En el nuevo y heterogéneo movimiento confluyen en defensa del ideal republicano, moralidad administrativa y elecciones limpias antiguos federales como Bernardo de Irigoyen y liberales como Bartolomé Mitre; católicos como José Manuel de Estrada y Pedro Goyena; antiguos autonomistas como Leandro Alem y Aristóbulo del Valle; y los futuros líderes de los primeros partidos políticos modernos del siglo XX, todavía jóvenes: Hipólito Yrigoyen, Lisandro de la Torre y Juan B. Justo.

Ante la cerrazón de los comicios se preparó el terreno para la revolución que pondría fin al gobierno y aseguraría la plena vigencia de la Constitución Nacional y el sufragio libre.

Parque de Artillería

La revolución estalló violentamente el 26 de julio de 1890. El epicentro era el Parque de Artillería (actual solar del Palacio de los Tribunales) y sus alrededores. Se levantaron trincheras, se armaron cantones, se libraron sangrientos combates entre tropas sublevadas y las fuerzas que respondían a las autoridades. El general Manuel J. Campos era el comandante militar, pero la Junta Revolucionaria era presidida por el Dr. Leandro N. Alem, quien en la eventualidad del triunfo revolucionario sería presidente provisional de la República. Ello generaba desconfianza en varios sectores, no solamente del oficialismo sino de la propia Unión Cívica, los mitristas por caso.

Un secretísimo y larvado pacto entre el ex presidente Roca y el jefe militar Campos, de orientación mitrista, servirá para esterilizar el accionar revolucionario.

El general Levalle y el coronel Capdevila, comandados por el vicepresidente Carlos Pellegrini, a cargo del Poder ejecutivo, son los encargados de organizar la defensa del gobierno. Los revolucionarios se identificaron con una bandera tricolor, verde, blanca y rosa y con una boina blanca; coraje y valor les sobraban, no así municiones suficientes; al cabo de varios días de combate son vencidos por el ejército nacional. Se negoció un cese del fuego para sepultar muertos y curar heridos. Los revolucionarios entregaron las armas y vaciaron los sitios ocupados. Había amargura en las filas cívicas. Sectores oficialistas explotaron políticamente las consecuencias de la Revolución para «acomodar» algunas cosas. Entre ellas, sacarse de encima al presidente Juárez Celman.

En el Senado se oyó una sentencia del senador Manuel Dídimo Pizarro: «la revolución está vencida, pero el gobierno está muerto». La renuncia de Juárez Celman y su reemplazo por Carlos Pellegrini fueron recibidos con entusiasmo popular. Pero aquel preclaro jefe que fue Alem, advirtió que en realidad había cambiado algo para que todo siguiera igual. La revolución permanecerá latente por los próximos años en procura de la realización plena de la República Argentina en la absoluta vigencia de la Constitución Nacional, la honradez electoral, el sufragio popular garantido y la moral administrativa.

 

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