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“Perón no viene porque no le da el cuero”: De la militancia y la oportunidad perdida para los argentinos (VIDEOS)

De las circunstancias de aquella jornada devendrían días intensos para la Patria. Del clamor al dolor, todo sintetizado en el fervor de un pueblo por un líder cuya doctrina marcó un cambio de giro en la historia argentina, pero que muchos, incluso sus discípulos no supieron asimilar.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- Aquella jornada del 17 de noviembre de 1972 representó para los argentinos, quizás, la última oportunidad para reconciliar extremos que venían enfrentados desde 1955.

Luego de dieciocho años de ausencia, de jugar un ajedrez político con dictaduras cuyo último movimiento lo hizo con el entonces presidente de facto, el General, Alejandro Agustín Lanusse, volvía Juan Domingo Perón. Para la juventud de aquel momento ese instante representaba la panacea de una historia de frustraciones, de persecución y de muerte.

Las generaciones actuales no alcanzarán a comprender la intensidad de aquel momento, lo que significaba que Perón volviera a pisar el suelo argentino tras el exilio impuesto por la “Revolución Libertadora”.

Los grafitti “Luche y Vuelve”, “Luche y se van” y el mítico “Perón vuelve”, más que consignas de militancia, eran consignas de vida. Eran la paráfrasis de aquel grito de guerra: “La vida por Perón” que arreciara en el ’45.

“En mi fuero íntimo diré porque no le da el cuero para venir»

La “mojada de oreja” la pronunció el presidente Lanusse, en un almuerzo en el Colegio Militar de la Nación en el mes de enero de ese año cuando astutamente dijo: «Si Perón necesita fondos para financiar su venida (sic), el presidente de la República se los va a dar. Pero aquí no me corran más a mí, ni voy a admitir que corran más a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede; permitiré que digan porque no quiere, pero en mi fuero íntimo diré porque no le da el cuero para venir».

Y Perón vino, volvió para terminar ese ajedrez y mover personalmente las fichas en aquel tablero tan intrincado que era la Argentina de los ’70.

Sabía que venía a morir a la Argentina. También lo sabía su mujer, María Estela Martínez, una cuasi iletrada pero poseída de una ambición desenfrenada. Lo sabía el lacayo de Perón, José López Rega, siniestro personaje de perfiles esotéricos… lo sabían todos, sobre todo su médico personal,  Pedro Cossio, que luchó contra titanes de tiempo y política para preservar la vida de Perón.

Pero a diferencia de los demás, Perón quería cerrar su historia siendo prenda de paz para los argentinos. No pudo, no le dio el tiempo y no lo dejaron. Los intereses de los grupos económicos, las desmedidas ambiciones políticas de quienes lucraron con Perón, la intolerancia exacerbada de una juventud que creía que el camino de la revolución social eran las armas, todo eso, arruinó la ilusión de Perón y la de millones de argentinos.

Menos de un año después de aquel esperado retorno, de aquella alegría, el asesinato del hombre que le sostenía el paraguas en aquella jornada histórica denunciaba que la suerte estaba echada.

Unos habían entendido a la militancia como retorno de la doctrina peronista, ésos eran los verdaderos idealistas, los verdaderos militantes. Los otros habían entendido a la militancia como beligerancia, como lucha armada, con o sin Perón, porque para ellos el peronismo era una herramienta, un medio, no un fin.

Lo que siguió es historia conocida, más de cuatro décadas de desencuentros, con una dirigencia que no consigue estrechar filas detrás de un auténtico proyecto nacional. Quizás, porque no lo hay o sencillamente no les interesa tenerlo.

El signo y el símbolo de Gaspar Campos

Luego de aquel retorno, Perón iría a pernoctar a la Casa de Gaspar Campos donde el hecho político más sobresaliente sería el encuentro con su viejo adversario, el líder radical, Ricardo Balbín. Ese abrazo de dos viejos enemigos sintetizaba el espíritu de aquel Perón que retornaba. Nadie comprendió ese símbolo, nadie comprendió el signo de ese tiempo.

Y las armas hundieron al país en una ciénaga de la cual todavía no es posible emerger.-

 

 

 

 

Por aquella jornada de noviembre de 1972, el peronismo recuerda el “Día del Militante”.

 

 

Por empezar, el propio Perón que a principios de aquel año aseguró: “Si voy a ejercer el gobierno como se debe ejercer, no creo que dure más de seis meses”.

 

Todos sabían que al viejo líder que retornaba después de 17 años de exilio le quedaba poca vida: todos, menos los miles y miles de personas que hace cuatro décadas, el 17 de noviembre de 1972, desafiaron a una lluvia bíblica, a la dictadura de Alejandro Lanusse y a las tropas comandadas por el general Tomás Sánchez de Bustamante para ratificar, camino al Aeropuerto de Ezeiza, que el viejo grito de lucha “Perón vuelve” se había hecho realidad.

 

Perón volvió aquel día y en honor de aquella mañana inolvidable, se celebra hoy el Día del Militante. Curiosa ironía, aquellos militantes eran, por principios, desobedientes, quiméricos, altivos, díscolos, insumisos; hoy, por lo mismo, serían execrados.

 

Perón volvió aquel día que todavía guarda secretos sin revelar, en un charter de Alitalia con el nombre y aura de un genio romántico italiano, “Giuseppe Verdi”, que no podía sino augurar esperanzas para un pueblo gastado y empobrecido en casi veinte años de sangrientos gobiernos militares y de presidentes regidos por sus sables y bayonetas.

 

Perón sabía que se moría. Lo sabía su tercera esposa, María Estela “Isabel” Martínez, una palurda ligeramente iletrada que escondía una ambición sin límites. Lo sabía José López Rega, alcahuete, valet, secretario y amanuense de Perón, propenso al espiritismo y al diálogo metafísico con los astros, que sería todopoderoso en un año y ya había empezado a dañar la imagen e influencia de Héctor J. Cámpora, delegado personal de Perón en la Argentina, futuro candidato a y presidente del país, que también sabía que Perón se moría. Lo sabían los médicos de Perón, los españoles Francisco José Flores Tazcón, artífice del casamiento entre Perón e Isabel y el urólogo Antonio Puigvert, que había operado a Perón de un cáncer de próstata en 1964 y lo había vuelto a ver en 1971, y sus colegas argentinos Pedro Cossio y Jorge Taiana, quien reveló que “la enfermedad cardíaca de Perón se inició en el tercer trimestre de 1972” . Lo sabía el dictador Lanusse por infidencias de su embajador en España, Jorge Rojas Silveyra, que certificó que Perón sólo tenía cuatro horas diarias de actividad plena. Y lo sabía Montoneros, la guerrilla peronista que había luchado en los últimos dos años por el retorno del general y ahora empezaba a disputarle en vida la herencia del movimiento. Uno de sus dirigentes, Rodolfo Galimberti, vaticinó que Perón regresaría al país en silla de ruedas y con una manta escocesa en las piernas.

 

Perón bajó pleno y exultante aquel 17 de noviembre, a los 77 años cumplidos en octubre, se lo veía feliz bajo la lluvia. El secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, lo cubrió con su paraguas y la escena es hoy un símbolo de los últimos tiempos felices de aquellos años esperanzados.

 

En el charter esperaban para bajar ciento cincuenta y tres personalidades de las artes, las ciencias, el deporte, el pensamiento, el derecho y la política que fueron un escudo humano ante el temor, justificado, de que o bien la dictadura o bien fracciones más ultramontanas de las fuerzas armadas, hubieran decidido abatir el avión en vuelo. Entre esos acompañantes de Perón estaban los cuatro últimos presidentes peronistas del siglo XX: Cámpora, Raúl Lastiri, yerno de López Rega, Isabel y un joven político riojano, Carlos Menem; viajaron la hoy ministra de seguridad, Nilda Garré, vinculada entonces a Montoneros, Leonardo Favio, Antonio Cafiero, que había sido eliminado por el propio Perón como uno de sus delfines, Hugo del Carril, el cura Carlos Mujica, que sería asesinado dos años después por la ultraderecha encarnada en el gobierno de Perón, y Guido Di Tella, canciller en los 90 de Carlos Menem.

 

Antes de tocar suelo argentino, Perón repartió algunas pistolas entre pocos elegidos: guardó la última en su cintura en previsión de dificultades. Las hubo. Lanusse encerró a Perón y a su comitiva en el hotel de Ezeiza y lo cercó con tropas armadas para la guerra, mientras rumiaba la derrota de su proyecto de Gran Acuerdo Nacional que lo imaginaba a él, un dictador, como presidente de la democracia recuperada.

 

Perón rompió el cerco militar a la mañana siguiente de su llegada. Llegó en auto y sonrientes a la casa de Gaspar Campos 1065 que el Partido Peronista le había comprado. Allí lo vivaron, le cantaron, lo arrullaron y velaron su sueño miles de jóvenes y de viejos que no querían despertar de aquel sueño hecho realidad: Perón estaba en casa. La guerra había terminado.

 

Como tantas otras esperanzas iluminadas del país, aquella también se ahogaría en la frustración y en la sangre .

 

 

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Mensaje del 7 de noviembre de 1972

 

 

A los compañeros peronistas:

 

Antes que noticias mal intencionadas puedan llegar al pueblo argentino, deseo ser yo quien les informe la verdad sobre mi proyectado viaje a la Patria.

 

Me cuesta comprender las causas por las cuales los argentinos no pueden llegar, con un objetivo común, a las soluciones que el país y el pueblo reclaman. La normalización institucional de que se ha hablado, no puede tener inconvenientes, si se la trata y establece de buena fe con la suficiente grandeza y sin intereses bastardos que la interfieran.

 

Si todos deseamos, dentro de esta regla, el bien de la Patria, no me explico las razones que puedan existir para impedirla.

 

El gobierno ha manifestado, por boca de su presidente, que está dispuesto al diálogo y que yo puedo regresar al país cuando y como lo desee, con todas las garantías.

 

Ello me ha impulsado a retornar a la Patria, después de dieciocho años de ostracismo, por si mi presencia allí puede ser prenda de paz y entendimiento, factores que según veo, no existen en la actualidad. Pienso que la situación del país bien impone cualquier sacrificio de sus ciudadanos, si con ello se crea el más leve resquicio de soluciones.

 

Ya van a ser casi treinta años que me encuentro empeñado en alcanzar tales soluciones y anhelo, si ello es posible, prestar quizá mi último servicio a la Patria y a mis conciudadanos. Por eso a pesar de mis años, un mandato interior de mi conciencia me impulsa a tomar la decisión de volver, con la más buena voluntad, sin rencores – que en mí no han sido nunca habituales- y con la firme decisión de servir. Si ello es posible.

 

Por todo ello, pido a mis compañeros que, interpretando mi regreso dentro de tales sentimientos y designios, colaboren y cooperen para que mi misión pueda ser cumplida en las mejores condiciones, en una atmósfera de paz y tranquilidad, indispensables para todo lo que deseamos constructivo. Espero que nuestros adversarios lo entiendan de la misma manera si es que, como nosotros, anhelan terminar con los odios inexplicables y las violencias inconcebibles.

 

Espero, Dios mediante, estar con ustedes el día 17 de noviembre próximo.

 

Hasta entonces un gran abrazo sobre mi corazón.

 

15 de noviembre de 1972

 

A mi Pueblo

 

Compañeros peronistas:

 

Pocos podrán imaginar la profunda emoción que embarga a mi alma ante la satisfacción de volver a ver de cerca a tantos compañeros de los viejos tiempos, como a tantos compañeros nuevos, de una juventud maravillosa que, tomando nuestras banderas, para bien de la Patria, están decididos a llevarlas al triunfo.

 

También, como en los viejos tiempos, quiero pedir a todos los compañeros de antes y de ahora, que dando el mejor ejemplo de cordura y madurez política, nos mantengamos todos dentro del mayor orden y tranquilidad. Mi misión es de paz y no de guerra. Vuelvo al país, después de dieciocho años de exilio, producto de un revanchismo que no ha hecho sino perjudicar gravemente a la Nación. No seamos nosotros colaboradores de tan fatídica inspiración.

 

Nunca hemos sido tan fuertes. En consecuencia ha llegado la hora de emplear la inteligencia y la tolerancia, porque el que se siente fuerte suele estar propicio a prescindir de la prudencia.

 

El pueblo puede perdonar porque en él es innata la grandeza. Los hombres no solemos estar siempre a su altura moral, pero hay circunstancias en que el buen sentido ha de imponerse. La vida es lucha y renunciar a ésta es renunciar a la vida; pero, en momentos como los que nuestra Patria vive, esa lucha ha de realizarse dentro de una prudente realidad.

 

Agotemos primero los módulos pacíficos, que para la violencia siempre hay tiempo. Desde que todos somos argentinos, tratemos de arreglar nuestros pleitos en familia porque si no serán los de afuera los beneficiarios. Que seamos nosotros, los peronistas, los que sepamos dar el mejor ejemplo de cordura.

 

Hasta pronto y un gran abrazo para todos.

 

 

 

Juan Domingo Perón

 

Mensaje desde Roma antes de partir hacia la Argentina

 

17 de noviembre de 1972

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