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Exhumemos a Ramón Carrillo: Recuperar la virtud frente a la iniquidad sanitaria, obligación de todo gobierno peronista

La responsabilidad social es la virtud fundamental del político. Frente a una pandemia una conducta codiciosa o sectaria pone en peligro a todos… a los funcionarios venales los primeros.

SALTA-EDITORIAL.- Desde Maquiavelo a Max Weber la cuestión de la virtud en el político es un tema fundamental. El hombre de fe se mueve por principios y abandona los resultados a la Divina Providencia. Para el político –y más si es maquiavélico- importa sólo los resultados, y aquí es donde surge el problema porque esos resultados suelen ser para sí o para el grupo al que pertenece. Ha fracasado la virtud y se ha puesto en peligro al sistema social.

Frente a una pandemia no existen los elegidos porque el virus ataca allí donde menos se sospecha. Es más incisivo que un áspid, tan letal como el Ángel Exterminador del Egipto. Ni el vecino del suburbio ni el encumbrado político tienen garantías de nada. Ni siquiera vacunándose al amparo de las sombras que otorgan la impunidad del poder.

Entonces, aunque muchos no lo comprendan, es hora de humanidad. De humanizarnos todos. Somos humanos porque venimos del “humus” y allí volvemos, ergo, todos somos iguales. Ante la peste, más iguales todavía.

Paradigma de virtud y servicio

Un gobierno peronista está obligado a la virtud como disposición a hacer el bien es lo que sustenta la Doctrina peronista. Podrán decir que este es un concepto teórico, superado por la praxis maquiavélica; sí, seguramente. Pero insoslayable como nervio conductor de la mística peronista.

Luego, en materia de salud pública, los argentinos –y los peronistas en particular- tenemos para aprender de una figura  como el Dr. Ramón Carrillo que se alza como paradigma de esa virtud personal, profesional y social. Pudiendo haber tenido una carrera exitosa, renunció a los honores para convertirse en un servidor público, casi evangélico, ya que murió exiliado y en la extrema pobreza.

Para Carrillo los determinantes sociales de la salud son la primera cuestión que un gobierno debe resolver y sentencia: “frente a las enfermedades que produce la miseria, frente a la tristeza y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causa de enfermedad, son unas pobres causas”.

Si este concepto se asumiera como política de Estado, los desvaríos, los escándalos y los acomodos sanitarios se evitarían porque el funcionario tendría claro que su horizonte es el Bien Común y no su beneficio propios y el de familiares y amigos.

La pandemia ha terminado con gran parte de la historia tal como la conocíamos. Aunque no se adviertan, hay muchas categorías que ya no volverán a ser como antes o bien, han desaparecido.

Carrillo propone un modelo de atención que desarrolle a la vez un nuevo modelo médico donde el funcionario y el profesional visualicen la necesidad de que “junto con la historia clínica del enfermo, se levante la historia social del hombre”.

Este puede parecer un discurso idealista, risueño y quizás rayano en la inocencia. Y seguramente es así, porque los ideales les pertenecen a los que sirven al Bien Público, al Bien Común.

Y las risas avivadas a los se sirven de los bienes públicos.

Es hora de exhumar la ética, la virtud y la vocación sanitaria pública de un médico, de un peronista y de un hombre como Ramón Carrillo.-

 

 

 

 

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