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29 de Julio de 1969: La Noche de los Bastones Largos, cuando se exterminó a la inteligencia en la Argentina

La Generación de los ’60 fue tal vez la última que llevó sus ideas al terreno revolucionario. Ocurrió en Francia, Praga, México, en Argentina también. Todos esos movimientos fueron reprimidos violentamente.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.– Sería interesante analizar el impacto que tuvieron aquellas represiones a los movimientos intelectuales de los ’60 del siglo pasado en el actual estado de cosas. La primera pregunta sería: Si toda aquella inteligencia potencial que había madurado esa generación se hubiera plasmado en la política principalmente ¿Hoy tendríamos este efecto globalizador?

Primero la globalización formó bolsones de resistencia cultural y ahora la pandemia está unificando a todos más allá de sus inclinaciones políticas porque todos son pacientes y pasibles de ser atacados con el virus. Vale nuevamente la pregunta: ¿Si aquella generación tan poderosa intelectualmente hubiera triunfado, estaríamos así?

La felonía contra el presidente Illia

El 28 de junio de 1966, nuevamente un grupo de militares facciosos atentaba contra la Constitución Nacional y el país derrocando al presidente, Dr. Arturo Illia. La autodenominada “Revolución Argentina” era un paso más en la entrega del país a las multinacionales.

La universidad argentina era un caldo de cultivo de alto vuelo intelectual en consonancia con lo que ocurría en el mundo. El alto nivel académico generaba discusiones políticas y formaba líderes que a los gobernantes de encefalograma plano no les convenía.

El ministro de Educación y Justicia, José Mariano Astigueta, declaraba a los medios que: “Entre un obrero y un estudiante, prefiero un obrero. Porque el obrero tiene un ideal, sale a trabajar todos los días y produce. El estudiante no”. Una contradicción que pintaba el nivel de ese gobierno.

Apenas un mes más tarde, la Dirección General de Orden Urbano de la Policía Federal Argentina ingresó por la fuerza a la Universidad de Buenos Aires y desalojó a los estudiantes y profesores que se hallaban ocupando el lugar a bastonazos. De allí el trágico nombre que quedaría para la historia de “La Noche de los bastones largos”.

El oscurantismo castrense-cívico y católico escribió aquella noche una de las páginas más oscuras de la historia argentina. Fue una jornada emblemática porque aquel día se dictó sentencia de muerte al pensamiento argentino.

La represión de Onganía era la contrapartida a lo que fuera la Reforma Universitaria de 1918 que había permitido modernizar la educación permitiendo la movilidad social ascendente. El atentado que consumó Onganía consumó el retroceso más bárbaro de la educación pública que nunca más se repondría.

¿Qué significó para los argentinos aquella infausta noche?

Representó una herida mortal a las aspiraciones de que la República Argentina fuera un país progresista, que se incorporara con ese espíritu a un mundo que hacía del PROGRESO la filosofía más productiva para dejar atrás las rémoras de dos guerras mundiales.

Se podría afirmar que una calculada estrategia de desguazamiento de la educación pública comenzó aquella noche alterando el sentido del Mayo Francés que proclamaba “Prohibido prohibir”, para imponer aquí el “Prohibido Pensar”.

Había una revancha al Estado del Bienestar peronista. El gobierno de Onganía –como de todos los militares- promovió la entrega del patrimonio nacional, la censura y por supuesto, la ignorancia. Una mezcla donde contribuyó decididamente la Iglesia Católica con su famoso: “No pregunte que ya todo está previsto”, para ellos…

Rememorar aquella barbarie es colocarle un crespón de luto al pensamiento argentino que pudo ser poderoso, pero lo abollaron a palos.  

 

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