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Cristina o la violencia

Cuando en la Argentina existían y estaban fuertes los partidos políticos los subversivos instalaron la violencia, ahora, con Instituciones debilitadas, dirigencia ilegítima y sin partidos políticos, los añorantes de los setenta apuestan a la opción violenta para quedarse.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- Ocurrió lo que tenía que ocurrir, que un día el títere cortara los hilos de su titiritero, o que ésta lo desarticulada porque el espectáculo ya no es rentable. De las dos opciones, estamos en la segunda. Pero ahora ¿cómo sigue esto? Acaso es Cristina o la violencia.

El kirchnerismo más duro siempre presumió de “ganar la calle”. Esa expresión “La calle” es para ellos una bandera de guerra porque no tienen legitimidad institucional, luego, como reza el escudo de Chile, las cosas se hacen “Por la razón o por la fuerza”.  Han perdido en las urnas y el proceso se presenta irreversible, ¿queda entonces el expediente de la violencia?

¿Hará el presidente lo que se atribuye a Luis XV: “Después de mi el diluvio”?

El pueblo piensa en términos de democracia con todo lo que ello significa. Porque democracia además de ser un sistema político es una escala de valores donde la Libertad está en la cúspide y desde allí se ordenan propiedad privada, libre tránsito, libre expresión, participación, peticionar a las autoridades, etc., todo un plexo de ideales que al kirchnerismo más duro no le interesan como ha quedado ampliamente demostrado luego de dos décadas.

Pero Cristina Fernández piensa en términos de poder y la “escala de deméritos” que la distorsión del poder representa: impunidad, totalitarismo, sumisión absoluta, expropiación, analfabetismo, inseguridad, y los subsiguientes etc.

De manera que ante la crisis electoral la compulsa interna en los Fernández no transita por salvar o no la institucionalidad porque eso no les interesa; tampoco salvar el espacio político de un partido porque no existe. La pulseada es por  el poder en estado puro.

Cristina debe conservar ese poder a todo precio sino su cabeza es la que está en juego. Alberto debe conservar el poder porque sería el último –y único- acto de dignidad política que le queda por jugar. En el medio de esa compulsa espuria hay todo un pueblo tratando de salvarse del tsunami que se viene.

Los subversivos de los setenta ya intentaron voltear un gobierno constitucional al que ellos habían apoyado y votado, que había ganado por casi un 60% de los sufragios, la fórmula “Perón-Perón”. Quisieron copar a la provincia de Tucumán para hacerla un territorio libre con un trapo rojo por bandera y no trepidaron en usar las armas, secuestrar, torturar y asesinar a mansalva.

Son los mismos que medran en el círculo rojo de Cristina Fernández, enriquecidos por el relato, y que no están dispuestos a discutir democráticamente ningún espacio. De hecho, en las últimas horas han demostrado que por lograr sus ambiciones han generado las condiciones de un golpe de Estado interno.

La conclusión es que resulta necesario apoyar el gobierno de Alberto Fernández; primero porque está legitimado por los votos, segundo porque representa a todas las aspiraciones de los ciudadanos y sería –sería- la garantía de los derechos y obligaciones republicanos.

Tercero, porque es Alberto o la posibilidad de una remake de la violencia de los setenta y ahora sin “milicos”; es decir, una contienda civil.

Eduardo Duhalde, gurú nefasto y responsable de que el kirchnerismo haya llegado al poder, en agosto del pasado 2020 supo decir que «Es ridículo pensar que el año que viene va haber elecciones» y agregó entonces que ““el deterioro va a continuar y la situación puede terminar en una guerra civil.”

Las legislativas se han realizado pero el resultado a Cristina no le conviene: ¿Se producirá la segunda parte del vaticinio de Duhalde?

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