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28 de setiembre de 1951: La fantochada militar que fracturó al régimen de Perón

Ese día, el General, Benjamín Menéndez quiso “voltear” a Perón pero la imprudencia y el apuro conspiraron contra los conspiradores. El General Franklin Lucero, ministro de Ejército se mantuvo leal y Eva Perón comprendió el signo de los tiempos y trinó contra los traidores.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.– Siempre decimos que no se puede comprender la política contemporánea si no se conoce el fenómeno del peronismo con sus luces y sombras. Mientras el primer periodo fue una tiempo de revolución social y holganza, el segundo gobierno de Perón asumió las actitudes de una dictadura y provocó hechos como el del 28 de setiembre de 1951, cuando casi derrocan a Perón.

 

Perón calificó criollamente aquel intento como una “chirinada”, término acuñado por el vulgo para referir a la traición, basado en el bayonetazo con que el sargento Andrés Chirino clavó en la pared a Juan Moreira. Básicamente éste hecho bautizó a las acciones desleales aunque también pudo ser el caso del mayor Pablo Chirino que en 1957 intentó voltear al Estado de Buenos Aires, en tiempos de la Confederación.

 

Como sea, por aquellos años el ambiente ya estaba descompuesto y el Ejército era propiamente una “Jabonería de Vieytes” elucubrando cómo bajar a Perón. Obviamente, y como fue desde 1810, la corporación militar jamás actuó sola sino en complicidad con grupos civiles de todos los sectores.

 

Los “conserva” y los “contras”, eran apelativos peronistas adjudicados a Eva Perón utilizados para definir a los oligarcas terratenientes y toda “esa gente de levita” y los “contras” eran todos los demás entre los cuales se contaban comunistas y socialistas que padecían persecución, cárcel y tortura a manos de un grupo de choque llamado “Alianza Nacionalista”.

 

Esa “Alianza Nacionalista” databa de 1937 y anidaba allí lo más perverso del mal llamado “nacionalismo católico”, que la historia posterior se encargó de demostrar que no fue ni nacionalismo ni mucho menos católico… bueno, quizás por ese ingrediente de fanatismo violento, sí haya sido lo último.   Fue uno de los primeros grupos que apoyó al peronismo y donde militaron hombres como Guillermo Patricio Kelly hasta Rodolfo Walsh, aunque éste último abandonara luego esas filas.

 

El año de 1951 fue un año “de hierro”, las persecuciones del régimen peronista tuvieron hasta desaparecidos como el caso de Ernesto Mario Bravo, un estudiante de química detenido por la “Sección Especial” de la policía, una organización inspirada en la Gestapo Nazi, dicen los historiadores.

 

Es el año en que el cáncer se apropia de Eva Perón que quedó en el centro de un torbellino que batía por un lado el amor incondicional de las masas populares y por el otro el odio acérrimo de los sectores antiperonistas, en particular, del Ejército: “Juan, cuídate de los milicos”, se cuenta que le decía Eva a Perón.

 

Cuenta Robert Potash (“El Ejército y la política en la Argentina”) que de los altos mandos del Ejército que cifraban casi el medio millar, casi el 90% militaba en un antiperonismo para esa época: nombres como los de Lonardi, Aramburu, Menéndez, germinaron en esa fragua uniformada.

 

Como hemos dicho, a estos militares se sumaban en las reuniones clandestinas dirigentes de todo el arco opositor político como  Arturo Frondizi, de la UCR, Ghioldi por el socialismo, Reynaldo Pastor por los Demócratas Nacionales y Horacio Thedy de la Democracia Progresista.

 

Lo que siguió fue el típico proceso  conspirativo donde hombre como Lonardi vieron que “las brevas no estaban maduras” y bajaron las velas pero la imprudencia, tal vez la ambición de se protagonista de la historia de Menéndez, acicateado y apoyado por sectores civiles y económicos lo llevó a cometer una bufonada que estuvo lejos de ser un golpe de Estado.

 

Tal fue la impericia que ni siquiera tuvieron en cuenta de que los tanques del Regimiento 8 de Campo de Mayo estuvieran abastecidos de combustibles. No hubo comunicación interna y como era fin de semana los oficiales que sublevarían se fueron de viaje.

 

Para graficar el tamaño de la chambonada que protagonizó Menéndez, basta decir que las dos horas que les demandó llenar los tanques de combustible de los blindados sirvieron para que la noticia del alzamiento se difundiera y se perdiera algo tácticamente elemental en una operación: el factor sorpresa.

 

En esa incalificable demora ocurrió que hasta llegó el jefe del cuartel sublevado quien al enterarse protagonizó un enfrentamiento a tiros donde murió un cabo y resultó levemente herido el hijo de Menéndez. Con todo, se dio la orden de partir a los tanques hacia la Casa Rosada.

 

La que fuera pensada como una ópera prima se convertía en un sainete cuando de los treinta tanques previstos que salieran sólo llegaron a la puerta siete de los cuales cinco no pasaron la barrera de ingreso al cuartel por desperfectos mecánicos: el golpe se lanzaba con dos tanques, tres unidades blindadas y un par de centenares de jinetes, uno de cuyos comandantes era un mayor llamado Juan Carlos Onganía.

 

El plan de Menéndez incluía sumar a efectivos del Colegio Militar de la Nación cuando se encontraran en El Palomar como efectivamente sucedió, sólo que esa tropa de cadetes y oficiales los esperaba con la boca de sus fusiles apuntándoles. En el lugar, el Director del Instituto de formación militar, General Héctor Ladvocat, le espetó al golpista: “No más revoluciones, general”.

 

El otro punto sublevado era La Tablada y en el apuro de encontrar un expediente salvador, Menéndez ordenó unirse a esos efectivos que jamás llegaron porque habían depuesto su actitud antes de salir.

 

El final

 

Como resultado, Perón ordenó una severa purga en su gobierno y en las Fuerzas Armadas que incluyó bajas, pases a retiro y alguna condena a prisión como la que le aplicó el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas a Menéndez de quince años de reclusión y entre cuatro y seis a los oficiales que acompañaron.  Todos se libraron de la degradación que establecía el Código de Justicia Militar.

 

 El sismo resintió los cimientos

 

Todo terminó en una fantochada pero Perón advirtió que ese pintoresco intento de derrocamiento le había fracturado los cimientos. La sociedad civil intuyó que el régimen peronista se había debilitado.

 

La economía se había resentido con dos malas cosechas y Europa ya no demandaba los productos agroganaderos de una década atrás. Aquel “Estado del Bienestar” peronista se había terminado.

 

En su discurso, Perón, trató a los golpistas de cobardes por no haber defendido con su vida el honor militar y rendirse. Pocos años más tarde, él mismo, tomaría el mismo camino de la renuncia y el exilio.

 

La enfermedad de Eva Perón y su anunciada muerte debilitaban la mística del régimen y mostraban las tensiones internas. De una u otro manera, aquel gobierno ya estaba condenado.

 

 

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