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12 de Octubre: Un debate bizantino

El progresismo tiene esos aconteceres espasmódicos, pulsiones afecto-ideológicas que se traducen en pasiones insolventes frente a la cátedra de la Historia. El tiempo ya escribió esas páginas y los venideros no pueden cambiarlas.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.– Si acaso uno tomara examen a los ilustres que se movilizan contra la figura del Virrey Francisco de Toledo, del Licenciado Hernando de Lerma, de Domingo Faustino Sarmiento, de Julio Argentino Roca, comprobaría que la enorme mayoría no tiene la más remota idea de quiénes fueron, cuándo actuaron ni qué hicieron. Por eso decimos, cada 12 de Octubre, se produce un debate bizantino.

Sin la visión del Virrey Toledo, la Ciudad de Salta no existiría, por ejemplo.  Y estas gentes no tendrían adónde reclamar.

Sólo un estudio sesudo de la historia dará la cabal idea de cómo fueron aquellos días, particularmente en un cuestión tan espinosa como la conquista y colonización de las tierras americanas, que en sí, no difiere absolutamente en nada de lo que ocurriera en otras latitudes, tanto europeas como norteamericanas: la cultura superior domina a la cultura inferior.

Esta inferioridad –aclárese bien el acápite-, no resulta de una etiqueta compulsiva sino de un examen de técnicas, avances científicos, incluso, desarrollo mental.

Las culturas precolombinas tuvieron un alto avance cultural pero crecieron aisladas. Los Aztecas nunca supieron que abajo estaban los Incas, por ejemplo. Distinto a los europeos que se desarrollaron en “mesa”, en torno al “Mare Nostrum”.

Pero sea el caso de decir que la empresa de la conquista y colonización no pasa solamente por batir originarios como el relato más vulgar ha recreado en las mentes calenturientas de quienes no han estudiado el proceso pre y pos colonizador. La espada y la cruz –y lo dice alguien que no profesa el catolicismo ciego sino un cristianismo liberador- constituyeron una epopeya singular, donde el fraile morigeró la codicia y perversidad del conquistador y desarrolló una tarea cultural de alto nivel.

Baste ver nada más la tarea de los jesuitas en las reducciones, verdaderos estados cooperativos, donde el ideal paulino de una comunidad inclusiva e igualitaria se cumplía, donde se desarrollaron las artes y las ciencias en manos de los naturales que alcanzaron destellos superlativos de producción.

En fin, demasiado sería analizar todo este enorme proceso teñido sí, de autoritarismo y depredación, qué duda cabe; pero también de un gran impulso civilizatorio.

De manera que tratar de cambiar los íconos de la historia –encima de casi cinco siglos atrás- resulta un acto de indolencia y barbarie, no muy distinta de la que aplicaron aquellos hijosdalgos.

¿Cuál es la ganancia en tumbar un monumento? ¿Qué victoria es ésta de sacar una estatua para colocar otra? ¿Existe reparación en ello, o acaso una demostración de ausencia de cultura que los coloca próximos a los irracionales?

Estudiar, enseñar, debatir, aportar nuevas miradas a un proceso complejo, sacar conclusiones valederas para los tiempos, etc., éstas debieran ser las acciones revolucionarias de los reivindicadores de las culturas precolombinas.

Ir contra un busto, contra un monolito, es nada más que un capricho insolvente, propio de quienes no aceptan que el estudio de la historia puede darles fundamentos más certeros y valederos que ir contra un monumento, una práctica que en los países desarrollados ya se abandonó hace siglos.-

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