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La política y el pensamiento enano

Se suele hablar de “altos funcionarios” lo cual no coindice necesariamente con la altura física. Por el contrario, altos hombres de gobierno suelen ser liliputienses de pensamiento. Los hay, por último, aquellos que no miden… ni de estatura ni de pensamiento.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- La estatura es importante para militar en la política y en realidad, en toda área de la vida social, pero hablamos de la estatura mental que encuentra su regulación en la estatura moral. De no ser así, algunos que se piensan grandes hombres terminan siendo nada más que hombres grandes.

Luego, ¿Cuál es entonces el hombre ideal para ser político y/o dirigente? La respuesta es tan antigua como la historia del Occidente cristiano, aquel que se rodea de grandes hombres. De hombres con talento, con visión, con moral, con vocación de servicio.

Un gran hombre político es aquel que reúne en su concejo –con “c”- inmediato a quienes saben más que él, a quienes son mejores que él en todas las disciplinas posibles. El que comprende este principio es un líder.

El líder se diferencia del dirigente en la calidad. El líder visualiza y actúa, el equipo lo apoya con el consejo u orientación. El dirigente necesita de una troupe, porque precisamente, debe dirigir. Un líder es como un lobo que solitario impone respeto. El dirigente sin dirigidos no es nadie.

Un gran hombre político es aquel que reúne en su concejo –con “c”- inmediato a quienes saben más que él, a quienes son mejores que él en todas las disciplinas posibles. El que comprende este principio es un líder.

El gobierno de los enanos

La decadencia de la democracia en las últimas décadas ha dejado sin líderes a la política. En la Argentina contemporánea, el último líder ha sido el Dr. Raúl Alfonsín, de allá a la fecha la caída en la calidad del liderazgo es notable.

En el caso de Salta, podemos afirmar sin temor que el último líder ha sido Roberto Romero.

Un solo ejemplo ilustrará este aserto: Un líder no necesita del asistencialismo para conseguir votos y mantenerse en poder. Un líder no repite mandatos, el pueblo le pide que se quede.

No obstante ello, cuando el líder es verdaderamente tal, tiene la prudencia infusa y rechaza permanecer más tiempo en el poder. Un ejemplo emblemático es George Washington, quien teniendo el abrumador favor de la gente que fue a buscarlo para ofrecer un tercer mandato y él lo rechazó diciendo que más de dos mandatos no era saludable para la democracia.

Existe una tendencia irrefrenable a llenar los puestos claves de los gobiernos con amigos, cuando éstos no siempre son los más capaces sino por el contrario. Tampoco existen consejeros de alto nivel.

Se necesitan hombres, primero probos, luego cultos, por fin capaces. Aconsejable sería que en lo posible no profesaran un culto religioso, pues la religión no es garantía de ninguna de las condiciones antes mencionadas.

El Estado y sus Mandatarios deben ser laicos, libres y con vocación de servicio.

Por fin, el Estado se ha empequeñecido no por la estatura de sus gobernantes sino por la chatura de sus pensamientos y la calamitosa calidad de sus administrativos inmediatos.

El electorado también se ha vuelto enano, pero no porque los ciudadanos tengan vocación  de decadencia, sino porque a los grupos del poder le convino que sean enanos, como los bufones de la corte.

¿Se puede arreglar esto? Si, pero sólo cuando el gobernante deje de ser dirigente y se decida a convertirse en un líder.

En las actuales condiciones, esto es una utopía.

 

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