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La política ha muerto. ¡Viva la política!

Los niveles de descreimiento y apatía en la sociedad son históricos. Nunca antes se había vivido la previa de una elección con tanto desinterés y crítica por parte de los ciudadanos y tanta ausencia de ideas y proyectos de parte de los candidatos. Esto no va más.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- La pandemia ha desnudado en su pobreza más lacerante a la clase política. El deseo de hegemonizar el poder atomizando el voto de los ciudadanos, recortando listas, proscribiendo otras e imponiendo a los viejos candidatos del establishment, ha provocado una reacción de rechazo generalizada.

Solamente en los núcleos duros de votantes fidelizados a cambio de asistencialismo y prebendas, los candidatos encuentran receptividad, habida cuenta de que esos votantes no son verdaderamente conscientes de que votan, a quién votan y para qué votan.

Los sectores medios y altos, culturalmente hablando, son los que están reaccionando a la imposición abusiva de personajes ya obsoletos. Los ciudadanos reclaman proyectos, ideas, plataformas y rechazan la práctica indolente de la foto abrazando al niño o al anciano (que nunca más verán), compartiendo un refrigerio o jugando una carrera de embolsados. La gente quiere soluciones viables a los cada vez más graves problemas sociales que padecen.

La política es sin duda la actividad más noble, un arte, como bien se la ha señalado. La más antigua de las acciones cívicas de la historia. No morirá ni siquiera con los esfuerzos de los oportunistas y los ineptos.

Lo que falta para que renazca la política son líderes. Dirigentes sociales que reemplacen al puntero, políticos de raza –como se llamaban- en cuenta de figurones a sueldo.

Siempre en las sociedades el efecto de acción y reacción funciona como en la física. Y sabido es que cuando llega al fondo tiene que volver a subir.

En la crisis está el cambio, que no vendrá sino cuando los ciudadanos decidan comprometerse en serio formando nuevas opciones políticas que opongan alternativas a los gobiernos actuales.

En los hechos no serán una oposición en el sentido clásico sino un elemento catalizador de la alta política.

Una verdadera contribución a la democracia que haga realidad aquellas palabras de Ricardo Balbín: “El que gana gobierna y el que pierde acompaña”.-

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