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El asesinato de Jose Ignacio Rucci: El preludio de una época de violencia

El 25 de setiembre de 1973, apenas dos días después de asumir Juan Domingo Perón su tercera presidencia, su hombre de confianza y Secretario General de la CGT, caía vilmente asesinado por la organización Montoneros.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- Ningún relato resiste ante los hechos de la historia y el asesinato de José Ignacio Rucci representó el preludio de una época de violencia que provocó heridas en el tejido social que otros se encargaron y encargan de mantener abiertas, no ya como militancia sino como negocio económico y político.

Si hubiera que designar un punto de inicio para ese sangriento capítulo, ése sería el 20 de junio de 1973 cuando Perón retornaba definitivamente a la Argentina y la fiesta preparada para que hablara antes un millón de personas en Ezeiza terminó en tragedia cuando las facciones de la izquierda y la derecha peronistas zanjaron sus diferencias a balazos.

Una dudosa cifra de trece muertos y unos trescientos heridos fue el supuesto saldo, más secuestros, torturas y algún asesinato perpetrados en ese mismo momento en las habitaciones del Hotel Internacional de Ezeiza.  Perón no podría contener ya a “los muchachos” que él mismo había fogoneado desde España.

La organización Montoneros asumió que habían sido emboscados por la derecha ortodoxa del peronismo. Para ellos, apañados por Héctor J. Cámpora, esos que disparaban desde el palco eran traidores que se oponían al “socialismo nacional” de inspiración cubana.

Esas organizaciones se sintieron traicionadas por Perón quien los había distinguido en su escrito “Actualización Política y Doctrinaria para la Toma del Poder (1971)” como elementos fundamentales para la toma del poder y ahora que le habían cumplido los recibían a balazos.

Le reclamaban a Perón no haber cumplido con sus propias palabras: “Hay una nueva generación que está esperando y, por eso, yo vengo hablando de la necesidad del trasvasamiento generacional. Junto con la organización debe venir un cambio, porque si no el Movimiento envejecerá́ y terminará por morir como todo lo que es viejo. Entonces, para evitar ese proceso, está el camino orgánico y el camino del remozamiento del Movimiento, por cambio generacional. La gente joven tomará ahora nuestras banderas y las llevará al triunfo”.

Había que darle a la sociedad una prueba de la existencia y de la independencia del pensamiento socialista-castrista que derrumbaría a las estructuras cívico-militares del “servilismo capitalista y liberal”. Además, había que hacerle pagar a Perón su incumplimiento y dejarlos afuera del esquema de poder.

 

“Cámpora me llenó el gobierno de homosexuales y marxistas”

 

Esas palabras de Perón señalaban el abismo que separaba a su pensamiento y el de su entorno ya manejado para entonces por el siniestro, José López Rega, un anticomunista furioso, esoterista y ávido hasta el paroxismo de poder de lo que pensaban esas organizaciones que estaban pensando en una “Evita marxista” y una cubanización de la sociedad.

 

Castigar a Perón

 

El General que había recibido en Puerta de Hierro a Rodolfo Galimberti y utilizado a Montoneros para retornar al poder vio cómo se le fueron de las manos y terminó echándolos de la Plaza de Mayo el 1 de Mayo de 1974 calificándolos de “Imberbes y estúpidos”.

El sindicalista José Ignacio Rucci participaba del entorno no sólo político sino afectivo de Perón. La historia lo recuerda como el que le sostiene el paraguas a Perón en noviembre de 1972 luego de su fugaz regreso al país. Es un hombre de la ortodoxia peronista, machista por definición y de derecha por generación. Era el blanco idea para darle un golpe al viejo líder.

Luego de ingentes maniobras de inteligencia ubicaron el domicilio de Rucci, alquilaron un departamento al frente y montaron el operativo que pasó a la historia con el nombre de “Traviata”, una galleta de “23 agujeritos”, una sádica ironía por la cantidad de disparos que recibió el cuerpo de Rucci.

Para ese 25 de setiembre de 1973 en que cae abatido Rucci, el país ya estaba envuelto en la violencia. Secuestros diarios de militares y empresarios, asesinatos de jefes y oficiales de policía, bombas en bancos, cadenas de supermercados y concesionarias de automóviles. Cadáveres sembrados por la ciudad. Denuncias de torturas, “cárceles del pueblo”, escondijos subterráneos donde Montoneros y otras organizaciones como la FAR, el ERP, mantenían en cautiverio a sus víctimas, eran parte de un siniestro estado de situación que prologaría al golpe de Estado de 1976, que lejos de aplicar justicia, pagaría con la misma moneda.

El resto es historia conocida, mejor dicho, relato conocido, porque la historia nunca se ha contado como fue realmente; pero el caso es que el asesinato de José Ignacio Rucci es el episodio más emblemático y el que obra como prólogo de la más negra etapa de la Argentina contemporánea.

 

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