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Crónicas de una Salta que ya no existe: El culto de la muerte, de la casa al cementerio

La antigua denominación de las empresas de sepelios como “Pompas Fúnebres” atendía con razón a la parafernalia que se utilizaba para honrar a los difuntos. Como siempre, el dinero, hacía ver que hasta en la muerte somos diferentes.

SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.- Hasta la década de los cincuenta del siglo pasado la muerte era reverenciada como un momento solemne no sólo para la familia sino que participaba todo el barrio. De hecho, cuando el médico anunciaba el “non plus” para el moribundo, un familiar corría a la parroquia más cercana a dar aviso al cura que ordenaba “tocar a muerto”, y la campana comenzaba a tañir con una cadencia anunciando que pronto un vecino se mudaría al más allá.

 

Efectivizado el óbito, la casa se ordenaba para montar la capilla ardiente, generalmente el living, donde se disponía el espacio para el féretro y las sillas alrededor. Las mujeres se repartían las tareas, quien amortajaba al difunto, quién hacía las diligencias del servicio –generalmente en esto se ocupaban los hombres- y quienes se ocuparían de la comida.

 

La llegada del servicio –pompa fúnebre- era esperada por todo el barrio que aguardaba en la puerta para ver y comentar qué tipo de cofre –ataúd- habían comprado. El furgón abría sus puertas y comenzaba a escucharse el clásico ruido de los metales: candelabros, soportes de coronas, el crucifijo y se colocaba en la puerta del domicilio el tarjetero para que los visitantes dejaran por escrito sus condolencias. Acomodado el difunto en el ataúd y encendidas las velas o luces, según el caso, un empleado de la funeraria munido de un martillo clavaba en la puerta un moño o crespón negro con un grueso clavo que se llevaba un pedazo de revoque cuando se lo sacaba. Comenzaba el velorio.

 

La casa de duelo permanecía de puertas abiertas durante las 24 horas con un incesante ir y venir de vecinos, familiares y amigos que luego del pésame armaban corrillos donde se contaban cuentos de todo color, anécdotas y se reprimían las risas mientras se saboreaba alguna empanada y un tinto, un café o un licor, según la época del año. Las familias que tenían patios amplios organizaban una comida que se servía en tablones dispuestos bajo los parrales mientras los dolientes de negro absoluto lloraban su pena en alguna habitación en penumbra. Para la hora de la cena el difunto quedaba solo velándose a sí mismo.

 

El momento del entierro era el tercer acto de aquella dramática tragedia que a veces se convertía en un sórdido sainete, sobre todo cuando había algún asunto de herencia a disputar.

 

Hasta los años setenta, en Salta, llegaron a utilizarse coches a caballo para el sepelio. Según el presupuesto podían ser de dos, de cuatro o de seis caballos, según la alcurnia del fallecido. Aquellas carrozas eran unas imponentes muestras de tallado y exacerbación de la muerte. Con ruedas altas y techos “en bombé”, estaban coronadas por gruesas cruces en el medio. Con vidrios biselados y puertas talladas, eran conducidas –según el presupuesto- por uno o dos cocheros de riguroso frac, galera y guantes blancos.

 

Quien escribe, allá por los cinco o seis años, llegó a ver un entierro de este tipo. Formaban en la puerta del domicilio seis empleados de la funeraria vestidos de gala que cual militares a una orden ingresaban cuando los dos encargados de soldar la chapa habían terminado  y quedaba en el ambiente un olor acre a estaño y ácido.

 

Antes de soldar el ataúd, los funebreros invitaban –soplete ardiendo en mano- a los deudos a darle una última mirada al difunto. Momento de gran angustia donde los sollozos y caricias terminaban a veces desacomodando la pulcra blonda blanca que cubría el cuerpo. Sellado el féretro, los seis con estudiada cadencia lo levantaban –y según el presupuesto- lo llevaban directo al carro, o lo montaban a hombros durante un trayecto de unos cincuenta metros. Si el difunto era de familia distinguida, ese trayecto podía extenderse hasta cien metros.

 

La misa de cuerpo presente

 

Otra opción era llevar el cuerpo hasta el templo más cercano u otro importante y celebrar la misa y el responso de los difuntos frente al altar. En estos casos, la portación del muerto “a pulso” también podía ser más o menos larga. Si el difunto había sido alguien muy importante, el propio propietario de la funeraria encabezaba el cortejo a pie.

 

En algunos casos, muy pocos ya para esa época, se celebraba incluso la “Mesa de once” o de diez, que era precisamente una mesa de manjares que se servía en la sacristía de la iglesia antes de la misa. Mientras todo esto ocurría, ya en la casa, ya en la iglesia, la campana seguía atronando con su letanía sonora.

 

El cementerio

El acto final era en el cementerio a donde los que querían tener mejor ubicación ya se habían adelantado y esperaban al cortejo. Llegados allí, se organizaba nuevamente la formación de uniformados funerarios quienes portaban el ataúd o bien ya dejaban que los deudos hicieran el último esfuerzo. Para una carroza de seis caballos obviamente se correspondía con un mausoleo, el cual previamente el día anterior se habían mandado a limpiar e incensar. Ingresar el ataúd al mismo era toda una cuestión, pues dependía si el sitio a ocupar por el finado estaba en una bandeja a mano, en altura, o como en los viejos túmulos, había que descender al subsuelo. Terminado este trámite, venía el momento de depositar las coronas y sacarles las fajas para entregarlas a la familia, echar un último responso un cura –que para el caso de familias “distinguidas” podía ser un monseñor o el mismo obispo- y algo de agua bendita.

 

Correspondían en ocasiones algunas palabras en las cuales se exaltaban las virtudes de quien en vida fuera un docto, un político o simplemente un buen hombre, cualidades que todos adquieren con la muerte.

 

El regreso a la casa era un momento patético, arreglar lo que había quedado desordenado,  realizar una suerte de inventario porque siempre terminaba faltando algo, lavar toda la vajilla y prepara la casa para el rezo de las nueve noches. Para eso se improvisaba un pequeño “altar” con la foto del difunto, un par de velas y un crucifijo, en ocasiones algún objeto de su uso personal. Y de nuevo, cada noche, a eso de las ocho de la noche, rosario, letanía y responso, con café, sandwichs, algún licor.

 

La observación del uso del luto era cosa socialmente grave, especialmente si la supérstite era la mujer, pues dejar el negro con prontitud era señal de que “no lo quería tanto”. Lo aconsejable eran seis meses de riguroso negro y en la misa con mantilla y velo para el rostro y los seis meses siguientes el medio luto, blanco con negro o grises era lo recomendable. En el caso de las casas con zaguán, mínimo seis meses la puerta cerrada, luego, medio abierta.

 

Tampoco era posible asistir a eventos sociales o realizarlos en la casa. La mujer viuda llevaba además del peso de la pérdida el de cuidar las formas. Ni pensar en que un caballero visitase la casa y menos si estaba sola, cuidados estos que generalmente estaban a cargo de los vecinos.

 

Algunos bemoles más tenía este evento del partir al más allá que el espacio no nos permite desgranar, pero sí decir, que como a todas las cosas la posmodernidad las aligeró de pompas y sobre todo a las fúnebres que ahora simplemente se llaman “servicio”.

 

Ya no hay velatorio en la casa, excepto en aquellas más humildes, las campanas han enmudecido como significando que a nadie ya le interesa quién se muere. Nada de “Nueve noches” ni ceremonia en el cementerio ya que la cremación ha sustituido a todo eso. En ocasiones, el difunto hecho cenizas incluso retorna al hogar.

 

Sólo una cosa no ha cambiado, las diferencias que hace el dinero en cuanto a servicio, cantidad de acompañantes y ofrendas florales. Algunos mueren todavía con toda pompa y otros ni siquiera eso, porque el hombre ha perdido el respeto por la muerte y ya no muere sino que es biodegradable, lo mismo que un detergente.-

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