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El culto a la necrofilia política en la Argentina: De “Viva el cáncer” a “Dios, llévatela a Cristina Fernández”

La historia argentina está teñida de un macabro culto a los cuerpos de ilustres y bandidos, pero también de una extraña desviación religiosa que proclama santos y herejes, pidiendo a Dios castigos y muertes.

SALTA- POR ERNESTO BISCEGLIA.-  Desde sus albores la historia argentina nos presenta muestras de una inclinación social hacia la práctica de una escatología necrofílica política: Desde aquel incalificable “Viva el cáncer” para “celebrar” el fin de Eva Perón, hasta un mensaje pidiéndole a Dios “Llevatela a Cristina Fernández”.

 

Una nota de Francisco Olivera aparecida en La Nación bajo el título “El odio en el lugar menos pensado: una plegaria contra Cristina”, disparó estas reflexiones. Desde el desencarnado del cuerpo de Juan Galo Lavalle, quien una vez reducido a puro esqueleto fue saludado por uno de sus oficiales con la tenebrosa frase: !Al fin lo vemos sonreír, mi general, después de tanto llanto!», pasando por el emparedamiento en La Recoleta del cadáver de Facundo Quiroga, el robo de los dientes del General Manuel Belgrano hasta el emblemático secuestro y desaparición –previo embalsamiento para culto popular- del cadáver de Eva Duarte de Perón (entre tantos otros), queda demostrada esta afición de los argentinos por la aplicación política  de los cadáveres.

 

Pensemos también en la profanación al cadáver de Juan Domingo Perón a quien le robaron lo más emblemático que tenía el General para el peronismo, sus manos. Y más recientemente el descubierto intento de asalto al Departamento de Anatomía Patológica de la Policía Bonaerense en la ciudad de La Plata, por parte de hinchas de Gimnasia para llevarse como trofeo el corazón y algunas entrañas de Diego Maradona, guardadas allí. Como otro dato más, el hurto del corazón de Fray Mamerto Esquiú en Catamarca que habría terminado en algún basural.

 

En 1974, los terroristas de Montoneros secuestraron el ataúd del General, Pedro Eugenio Aramburu, cuatro años después de su asesinato,  para negociarlo por el de Eva Perón. El féretro apareció dentro de una Ford rural con marcas de vasos encima denunciando que habría sido utilizado como una mesa.

 

También podría contarse el saqueo a la tumba del abuelo del ex ministro de economía de la dictadura, Alfredo Martínez de Hoz, cuyo cráneo apareció en Plaza de Mayo, hasta el ignoto hincha del Racing Club que desenterró el cráneo de su abuelo para sacudirlo fervorosamente en el Obelisco cuando ese club obtuvo el título de la Superliga.

 

¡Dios, llévate a Cristina Fernández!

 

La nota referida “ut supra” comenta sobre un papelito hallado al pie del Sagrario de la iglesia de Las Esclavas, en la localidad de Vicente López, en el cual,  en desprolija caligrafía se enervaba una súplica desesperada: “SEÑOR JESUCRISTO LLEVATELA A CRISTINA ELIZABET FERNANDEZ DE KIRNER [SIC]”, señala el autor.

 

Son dos momentos históricos distintos pero que denuncian un mismo rasgo preocupante, dicen que en el espíritu del pueblo argentino no hubo evolución de la conciencia hacia un grado de civilización o tolerancia que permita abonar un sentimiento de esperanza de progreso para este país.

 

La conciencia popular no tiene introyectado el concepto de institucionalidad, de procedimientos republicanos para reemplazar a un mal gobernante y eso ocurre porque como en 1810, la clase dominante se apropia del poder y de los ciudadanos, los reduce a objetos de su placer, coopta a los poderes de la Constitución Nacional y todo se convierte en un amasijo de corruptelas donde el Congreso (nacional o provincial), hasta los concejos deliberantes son escribanía de los tiranuelos de turno. Donde los Ejecutivos son mandados por individuos codiciosos que se nutren de camarillas de amigotes, queridas o testaferros, y donde la “Justicia” se convierte en una escabrosa Inquisición que hace honor a esas palabras de Perón: “Al enemigo ni Justicia”.

 

Pareciera entonces que al ciudadano sólo le queda invocar al “Dios de los corazones”, como diría San Juan Pablo II, para que obre su justicia divina librando al país de estos maléficos personajes que lo han reducido a una colonia miserable y sin destino.

 

Que haya muerte si no hay justicia ni República, pareciera ser el clamor de ese papelito que clama la muerte de Cristina Fernández, aunque lo peor de todo es que quizás resume el sentimiento y la “esperanza” de algunos millones de argentinos.

 

Lo mismo que el caudillismo, la necrofilia es parte del ser argentino, en palabras de Domingo Faustino Sarmiento:  “¡Cuidado, pues, a ese mal lo traemos en la sangre!”.

Como señala acertadamente un autor: `Necrofilia significa autodestrucción», sentencian los psicoanalistas de Buenos Aires. «En esas pulsiones de muerte que van y vienen por la historia argentina como un estribillo, puede leerse la voluntad de no ser: no ser persona, no ser país, no abandonarse a la felicidad. Mucha gente ha sucumbido a la apatía, como si se sintiera fuera del tiempo».

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